A los pocos días yo estaba de cumpleaños y ese fue el regalo que le pedí a mi mamá. Le dije: “Me encantaría hacer un curso para aprender a meditar”. Después de los años, puedo decir con convicción, que es uno de los descubrimientos más saludables que he hecho en mi vida. El curso duró 4 días completos, sin celulares ni relojes. Al principio me llenaba de excusas y pensaba: “No tendré tiempo para meditar a diario”. En ese tiempo, tenía los horarios muy apretados trabajando como periodista. Sin embargo, en el curso explicaban, que se convertiría en un hábito, como lavarte los dientes. Tu simplemente pones la alarma más temprano y no sales de tu casa sin hacerlo. A su vez afirmaban: “Si no se vuelve parte de tu rutina, no generará el mismo efecto beneficioso que quieres alcanzar”.

Fui disciplinada. Sin embargo, también tendía a bloquearme pensando: “Meditar es poner la mente en blanco, no pensar en nada, no lo logro”. Esta falsa teoría también la derrumbé, cuando me explicaron que meditar es simplemente permitirle a tu mente estar a solas contigo. Tu aprendes a seleccionar pensamientos e imágenes. Aprendes a volverte selectiva(o), entonces, atraes imágenes de paz que te generen armonía a medida que meditas.

Hoy en día no salgo de mi casa sin haber meditado primero. Son los veinte minutos matutinos y nocturnos más sagrados de mi rutina diaria. La meditación te enseña a estar en el momento presente, te hace más consiente, te ayuda a convertirte en mejor persona, te permite estar a solas con tu alma y te guía a convertirte en tu mejor amiga(o).